domingo, 4 de julio de 2010

Ana Alicia Cheuquepal

No quiero pensar cuánto tiempo pasó. No importa. Hoy no he podido decirle adiós a mi gran amiga. Ella es maravillosa, me ha enseñado a vivir.

Su virtud más grande fue su alegría. Me divertía tanto estudiar con ella. Comenzamos juntas la carrera y casi la finalizamos. En los últimos finales, ella estaba organizando los momentos para reunirnos. Fue duro seguir sin ella. Una vez me confesó que cuando iba a mi casa le gustaba llegar después de subir terrible subida y que mi mamá la esperara con un jugo de frutas y verduras naturales. Su lema era: “Después de pedalear nos juntamos a estudiar”. Al principio la esperaba sentada, en mi casa o en la universidad. Un día salí a buscarla. Pedalear formó parte de mi vida. A veces nos encontrábamos en la ruta y si ella iba de ida y yo de regreso, ahí nomás pegaba la vuelta y nos poníamos a chusmear, sin dejar de pedalear (bonitos encuentros). Otras veces, la muy picara, aparecía por detrás muy silenciosa, agarraba mi bici o mi mochila y me costaba pedalear. Esa sensación la salgo a buscar por la ruta. Una vez dijo: “Vamos hasta el Gutiérrez en bici”. La invitación fue para otra compañera (Cintia) y para mí. Con Cintia nos miramos y no teníamos ni idea de lo que nos proponía. Además nuestras bicis eran casi de paseo. A Cintia se le ocurrió preguntar: “¿Hay muchas subidas?”. La Chichi dijo: “no son tantas… unas diez”. No preguntamos ni el tiempo ni la distancia, el asunto es que La Chichi nos convenció y, en buena hora, porque fue un día perfecto. Compartimos su locura por pedalear. Nos animó todo el camino. Fueron ocho kilómetros que la escuchamos cantar y gritar de emoción en las bajadas. Y si alguna se adelantaba y la otra quedaba atrás, ella iba y venía y nunca nos sentimos solas. En algunas subidas tuvo que esperarnos. Por eso siempre dije: “Es una buena compañera”. De esta situación rescato que para ella no era importante si teníamos o no el equipo apropiado, o si estábamos o no entrenadas, sino las ganas de pasar el día juntas y hacer de ese paseo una experiencia única que vivimos sólo las tres. Yo pensaba que para irse lejos era necesario mucho equipo técnico, y ella nos demostró que lo más importante era compartir uno de sus momentos. Y vinieron muchas invitaciones más: “Vamos a Villa en bici, aunque haya viento en contra se puede”, “Vamos al campamento de Traful en bici, está re bueno”. En esa idea se engancharon muchos compañeros.

Planeamos muchas veces subir el Lanín y la falta de confianza en mí misma hizo que lo postergáramos una y otra vez. Su pasión por ese volcán también me conquistó. Por esas causalidades de la vida pude subir muchas veces, y cuando estoy ahí entiendo por qué quería que lo hiciéramos juntas.

En las caminatas Chichi era paciente y me esperaba. También me apuraba. Una vez me iba quedando atrás del grupo ya cansada de tanto caminar, ella se quedó para ir al baño y empezó a bajar corriendo y a los gritos “¡Vienen las vacas y los toros, hay que correr!”. Yo le creí y empecé a correr. Cuando corríamos se reía tanto que me hizo reír.

En una salida de caminatas de cinco días nos tocó todos los días con lluvia. En el último campamento ya la mayoría estábamos de mal humor. Yo estaba re entregada, muy cansada, sin ánimo de nada. Ella se pone de frente y me hace un chiste y nos empezamos a reír. Me sacó una foto con su cámara y yo le saqué otra con la mía. Ella era muy positiva, de los malos momentos sabía ver algo positivo. Era muy solidaria. Recuerdo haber usado el mismo par de botas semi-rígidas porque ella decidió cambiarse de comisión para que yo las pudiera usar en una salida de andinismo.

Chichi fue mi gran amiga. Supo demostrarme su cariño y por todo lo que compartimos quedará en mi recuerdo. Cada vez que me voy por los cerros o que me subo a la bici lo hago con la alegría de haberla conocido.

Ana Alicia Cheuquepal

Bariloche

Amiga y compañera de la universidad